Miedo social

Publicado: 19/11/2023
Autor

José Chamorro López

José Chamorro López es un médico especialista en Medicina Interna radicado en San Fernando

Desde la Bahía

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Ser prudente no es ser cobarde, pero el absolutismo reinante lo convierte en esclavitud
Acabaremos confraternizándonos con el miedo. Hay en la sociedad un sentimiento enorme de desconfianza, un presente angustioso y una visión negativa del futuro por la inminente inseguridad real a la que nos enfrentamos, argumentos definitorios del miedo existente, que es de incertidumbre, de que nos hagan daño con las decisiones partidistas o personales de los poderes públicos, herméticamente cerrados a sus propios intereses o a su manida soberbia, que obran con absoluta impunidad hacia los ciudadanos y recuerdan aquellos descarriados que van rompiendo los espejos retrovisores de aquellos coches que no tienen posibilidad de tener un garaje privado. Son los no pudientes los afectados por sus decisiones, los que están en la cresta de la ola del sufrimiento, que siempre acaba chocando con el acantilado que la destruye o se arrastra por las arenas secas de las cargas impositoras que las absorben. Desde el yate del poder la visión es totalmente distinta.

Es un miedo social y un estado de tristeza el que se está viviendo en nuestro país, sobre todo en estos días de noviembre políticamente humillantes de imperativo del engaño, disfrazado de “cambio de opinión” y ensalzado con la absurda y resbaladiza palabra “progresismo” que recuerda las sucias y polvorientas cortinas que cubren los balcones de un edificio para que no sea posible ver lo que existe en su interior.

Ser prudente no es ser cobarde, pero el absolutismo reinante lo convierte en esclavitud. Tiene mala suerte España. Va de opresión en opresión desde hace más de dos siglos, sin que ninguna Carta Magna sea capaz de quitarnos los grilletes siempre más dolorosos en el alma que en las muñecas. Los espacios republicanos es mejor no recordarlos, a pesar de que tuvieron al frente de ellos personas muy inteligentes, cultos y grandes oradores, pero la sombra y la realidad de la tragedia lo oscurecen.

En Andalucía una vez superada la figura del “señorito”, de considerarnos el pueblo con más historia y más viejo del Mediterráneo y dejar de creer en la existencia en pleno idilio de las tres culturas; musulmana, cristiana y judía, hecho que no resiste un verdadero análisis histórico, nos han situado excepto en algún corto periodo en un plano secundario y es preciso, contra lo que dice nuestro himno, “no volver a ser lo que fuimos” y todavía seguimos siendo ante el criterio del gobierno actual, cuando nos comparamos con otras regiones. No tenemos fobia, sino recelo ante el horizonte que nos está presentando el día a día de nuestra historia.

Este miedo social -de la sociedad- a que me refiero, parece un vocablo excesivo, pesimistas y agorero, pero es muy preciso tenerlo porque nos permite actuar de manera efectiva frente al riesgo real existente y saber que tenemos tres posibilidades de enfrentarnos a él: Huir, para lo que ya no hay tiempo, ni lugar. Protegernos, porque la protección exterior se acerca a la nulidad o luchar frente a las vejaciones o desprecios a que podemos estar sometidos. Ser pacíficos, sí, pero que no nos arrebatan o derriben nuestros derechos.

Es importante, por lo tanto, superar este momento que vivimos, que produce verdadero asombro, pero nunca alcanzará ninguna efectividad si se hace manera unipersonal, que además expone al individuo que lo realice al cautiverio psíquico, destierro o despido laboral y sin esperanza de que el paraguas de la amnistía lo proteja. Es precisa la unión de toda la sociedad civil con el solo lema de alcanzar una vida más plena, más justa, sin sobresaltos, caprichos, intereses, fragmentación o humillaciones que una gran nación, descubridora del nuevo mundo, que compitió con la luz solar en cuanto a la extensión de sus dominios, se sienta ahora caña, que se doblega y besa el suelo ante siete -votos- monedas que sobornan al gobierno de la nación, al que no parece importarle vivir genuflexo, con tal de que sea en un palacete.

Somos en la actualidad un Estado dentro de la Comunidad Europea, pero hay que evitar, sin ninguna tregua, la presencia de verificadores internacionales que vigilen y marquen a nuestro Parlamento y Senado, la vereda a seguir, anulándonos la libertad que “nuestra senda” debe tener.

Cuando el pasado viernes 17 de noviembre el presidente del gobierno juró su cargo, al posar su mano sobre la Carta Magna una gran parte de la nación sintió el escalofrío que produce la desconfianza e inseguridad del tacto de unos dedos, sobre un texto al que se ha considerado envejecido, arcaico y con un Alzheimer prosaico en sus artículos, pero que se le pone el vestido de los domingos para que asista a las ceremonias oficiales. No va tan descaminado y terminaremos confraternizándonos con el vocablo “miedo social”.

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